jueves, 18 de diciembre de 2008

Suicidio del asesino


El suicidio en su celda, del asesino de las niñitas de la Teja debe ser motivo para que reflexionemos nuevamente sobre la necesidad de restablecer la pena de muerte para crímenes atroces. El fiscal solicitaría en el juicio que se realizaría en los próximos días, la pena máxima -presidio de 40 años- que nuestra legislación permite actualmente, y 15 años más por otro delito complementario. En total 55 años, que sumados a los 55 de la edad actual, harían 110, garantizando así una condena verdaderamente a perpetuidad. Siendo el costo de mantenimiento de los reos para el estado, de 500 mil pesos mensuales -según la información oficial disponible- ello podría haber representado un desembolso para los contribuyentes -es decir para todos los chilenos- de 330 millones de pesos.

Además, en casos de crímenes atroces que es de lo que estamos hablando, su aplicación es más sana para los propios deudos de las víctimas, porque el ajusticiamiento pone término al caso, y les evita caer en errores tan lamentables y perjuicios para ellos mismos, como confundir los conceptos de justicia y de venganza. Comprendiendo su dolor, me impresionó mucho escuchar a la madre de una de las chiquitas declarar en el cementerio que ella no pedía la pena de muerte para el asesino, sino su encarcelamiento de por vida, para que día a día sufriera como sufrirá ella. Repito que comprendo esas expresiones y las entiendo como producto del dolor del momento, por lo que no la condeno y deseo que retome su centro, pero la sociedad no debe exponerla a ella a algo tan insano como mantener viva su venganza por el resto de sus días, a expensas, por lo demás, del dinero de todos, con los muchos millones de pesos que representa la mantención vitalicia del asesino.

Pienso así, que la mejor reparación que pudo entregar el asesino tanto a los deudos de las infortunadas pequeñitas como a la sociedad, fue su suicidio, porque he quedado otra vez impresionado al leer en la prensa local las nuevas declaraciones maternas expresando su rabia y su frustración. La mantención de la venganza sólo profundiza el odio, impidiendo la recuperación espiritual de los afectados.

Me pregunto si serán debidamente castigadas ahora las personas que esa misma noche destruyeron a hachazos la casa -actualmente desocupada- que había habitado en la Teja el asesino y que no era ni siquiera de propiedad suya, e incendiaron sus restos, al tiempo de destruir y quemar el automóvil que allí se guardaba.

Pero bien, ¿cuál es, estimados televidentes, el origen de la abolición de la pena de muerte para los delitos de sangre, que ha existido siempre y no debió jamás abolirse?

La Biblia, en Romanos 13, señala, en síntesis, que te portes bien y no tendrás que temer, porque la ley (la autoridad) te aprobará, pero si te portas mal, entonces sí deberás tener miedo; porque no en vano la autoridad lleva la espada, para dar su merecido al que hace lo malo.

Y en los tiempos modernos no se decapita a los malos con la espada, se les fusila, o se les da muerte con otros procedimientos. Pero la Biblia no prohibe, que el Estado pueda castigar con la muerte a los responsables de crímenes atroces.

Quienes luego de dos mil años después de Cristo han promovido la abolición de la pena de muerte son la extrema izquierda atea, violentista y su guerrilla, y naturalmente su aliado el terrorismo, financiado en algunos casos como el colombiano, por el narcotráfico.

La razón para ello es impedir que si sus efectivos, que asesinan a destajo, caen prisioneros puedan ser fusilados, dando tiempo a obtener indultos o ser rescatados en operativos terrestres o con helicópteros, como ha acontecido en el caso de Chile, bajo ambas modalidades.

Nada les importa, por supuesto, el aumento de la delincuencia que habitualmente conlleva la suavización de las penas, ni la muerte y el dolor de la población en los países donde logran introducir sus reformas, por lo general disimuladas bajo el manto protector de personas de bien, talvez sólo demasiado impresionables o subjetivas para sus apreciaciones políticas.

Es de esperar que las madres de las pequeñitas tan brutalmente asesinadas retomen pronto su equilibrio, y que vaya desapareciendo de sus almas el odio y la sed de venganza, así como su rebeldía social, sentimientos con los cuales no se puede tener una vida sana. Talvez pueda ayudarlas el comprender finalmente que no sólo les cayó sin culpa alguna, una horrenda desgracia encima, sino que en cierta medida ellas mismas lo facilitaron, porque, me pregunto, ¿qué hacían dos niñitas chicas en la calle, varias horas después de haberse ya oscurecido?

Cuando yo era niño y también cuando mis hijos lo eran, habría sido impensable que un par de niñitas anduvieran solas en la calle a las 10 de la noche. Sólo los jóvenes cumplidos ya 15 años, podían entrarse a esa hora. Los niños, a las 9 como máximo, y en todo caso antes de oscurecerse. Salidas hasta más tarde, solamente acompañados de mayores, para ir a dejarlos y a buscarlos a las casas de sus amistades o a discotecas donde tuvieran sus fiestas.

En las mismas épocas, los muchachos -y especialmente las niñas- no se habrían atrevido a desobedecer las reglas impuestas al respecto por sus padres. Los pocos que se aventuraban a hacerlo sufrían las correspondientes consecuencias, un par de buenos coscachos y un par de semanas castigados, sin salir.

Ese sistema -con las naturales excepciones que la especie humana siempre producirá entregando padres brutos- daba los mejores resultados, y en todas las familias, independientemente de su condición socio económica. La juventud respetaba, además de las de su casa, las reglas de sus colegios o escuelas y obedecía a sus profesores, debiendo yo destacar en esta ocasión, que eran reconocidamente los mejores de Latinoamérica, a lo menos.

Es sabido que los niños copian lo que ven en los mayores, y hoy día -con las contadas y honrosas excepciones que por supuesto existen- tienen el ejemplo de padres que menosprecian toda ley, toda autoridad, y toda disciplina. Si conducen un vehículo, burlan cuando pueden las más elementales reglas del tránsito, incluso las luces rojas, si no divisan un carabinero cerca. Si son peatones, cruzan las calles por donde se les ocurre, sin respetar no sólo las señalizaciones, sino tampoco los semáforos para peatones. Y si son mamás que van sentadas en el primer asiento de la micro con alguna niña ya crecidita a su lado -pagando dicho sea de paso un solo pasaje- no hacen ni amago de cumplir con la ley y la expresa indicación en el vidrio de ese asiento, de cederlo cuando entra una persona de la tercera edad u otra de las allí mismo especificadas. No sigo, para no entrar a las áreas chicas. Los niños -que no son tontos- observan y copian, en sus respectivos niveles.

Esto va generando, entonces, una verdadera “cultura de la desobediencia”, de la que resultan víctimas también algunos niños. No he conocido padres, o madres, que no instruyan a sus hijos de no seguir a ningún extraño o extraña. Pero pocos niños he conocido de las generaciones actuales que no tengan el concepto de que sus padres son anticuados y que ellos pertenecen a otra época y pueden manejarse solos.


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